Yo ya estaba ahí.
Antes del nombre. Antes de saber qué forma iba a tener. Antes de que alguien intentara explicarme.
Estaba en los planes que arrancan de una manera y terminan diferente. En hacer primero y ver después.
Nunca fui de hacer las valijas prolijas. Cuando parecía que ya no entraba nada, siempre aparecía algo más. Y entra. No sé cómo, pero entra.
Una parte de mi energía se crio en Bahía Blanca. Me regaló conocer a los cubanitos. Están en los parques, en las plazas, en el dulce de leche que termina donde no debería. Pero me alejé un poco y empezaron las preguntas.
—¿Es un barquillo?
—¿Es como un churro?
Sí. Pero no. Más o menos.
Por afuera, el límite parece claro
Hay cosas que solo se entienden probándolas. Primero cruje. Después aparece lo suave. Adentro hay mucho más de lo que la cáscara prometía.
Eso es muy mío: por afuera, el límite parece claro. Por adentro, entra muchísimo más.
Y en ese adentro hay cosas que vienen conmigo desde antes de que supiera que las iba a necesitar. Un color, por ejemplo. Siempre termina siendo colorado. Vaya uno a saber por qué: hay cosas que te siguen sin pedir permiso.
Y la música, que más que seguirme, me acompaña. Está todo tranquilo, suena una canción y cambia el aire. Aparece un cuerpo. Después otro. Una charla se estira. Alguien se acerca. La música tiene esa costumbre: desordena las distancias. Y cuando las distancias se desordenan, pasan cosas.
Libre y expresivo
De toda la música, hay una que me conoce especialmente bien: la salsa. Porque en la salsa cubana existe un momento que se llama despelote.
El baile viene siguiendo el ritmo y, de repente, el cuerpo se suelta. Se disocia, juega, exagera, se sale un poco. No porque haya perdido el ritmo. Porque lo sintió demasiado. Después vuelve. Más suelto. Más vivo. Probablemente un poco transpirado.
Quizás por eso, aunque hoy esté en el sur, tengo algo de negra cubana. No de postal: de temperatura. Calor, cuerpo, calle, sensualidad, color, picardía. Esa certeza de que algo puede desacomodarse un poco sin que haya que correr a ordenarlo.
A veces conviene ver qué pasa. Y si sale raro, hay cosas que son culpa mía. Otras, claramente, de Mercurio retrógrado. No necesito que los astros me digan qué hacer. Generalmente ya lo hice. Después vemos si el universo se quiere hacer cargo.
Y acá llegué
Así, de tanto andar, esta energía encontró dónde empezar: Villa La Angostura. No porque ahí terminara el viaje. Todo lo contrario: acá empieza a tener una dirección.
Porque Despelote no es hacer quilombo porque sí. Es ese momento en que algo se corre apenas de su lugar y aparece otra posibilidad. Alguien que vino a mirar termina bailando. El «una y nos vamos» se vuelve otra ronda. Un desconocido deja de serlo. La noche dura un poco más. Y por un rato dejamos de preguntarnos cómo debería ser todo.
A veces alcanza con eso. Con mirar alrededor, sonreír un poco y pensar: esto es re Despelote.
Pasá. Siempre entra uno más.
No vengo solo
En este camino me acompaña La Cubanita. Una noche estaba en la pista y a la siguiente ya sabía cómo me gusta el café. Así es ella: llega y se queda.
Tiene la risa fácil, la cadera suelta y la mirada de quien ya sabe cómo termina la noche. Cálida, pícara, un poco descarada. Si yo desacomodo, ella le pone ritmo.
No la vas a ver siempre. Aparece cuando hace falta. Pero si la ves, prestá atención. Algo está por pasar.